«La decepción del líder: cuando el altruismo es otra forma de soberbia»

20 de marzo de 2026 · El Líder Decepcionado

ortada La Decepción del Líder

¿Cuántas veces hemos confundido la soberbia con la generosidad?

No me refiero a los soberbios de manual. Esos son fáciles de identificar: van por delante, hablan alto y no escuchan. Me refiero a otro tipo. El que da sin pedir nada a cambio, el que se sacrifica por los demás, el que cree en la causa con una intensidad que asusta. El que, en el fondo, necesita creer que él sabe lo que los otros necesitan mejor que ellos mismos.

Ese es el personaje que me obsesionó mientras escribía «La decepción del líder».

— Un autodidacta con lagunas —

Emilio aprendió a leer solo. En el Cádiz de principios del siglo XX eso no era raro: había quien no podía pagar una escuela y sin embargo tenía más hambre de saber que muchos que sí podían. Emilio era de esos.

El problema del autodidacta, y esto lo digo con todo el respeto porque yo mismo lo he sido en muchas cosas, es que aprende lo que le apasiona. Lo que le confirma lo que ya siente. Lo que encaja con la visión del mundo que está construyendo. Y deja a un lado, sin saberlo, todo aquello que le incomodaría si lo leyera.

Emilio leyó a Bakunin. A Kropotkin. Los panfletos de la CNT que circulaban de mano en mano por los ateneos libertarios del barrio. Aprendió que la explotación era un sistema, que el obrero tenía conciencia y que bastaba con despertarla para que todo cambiara.

Lo que no aprendió, porque no estaba en esos libros o porque no quiso verlo, era bastante más incómodo.

— La causa y el espejo —

Cádiz, 1918. El Trienio Bolchevista encendió la bahía. En los muelles, en las fábricas, en las tabernas del Pópulo y La Viña, se hablaba de huelgas, de sabotajes, de lo que había pasado en Rusia. Emilio estaba en todos esos sitios. Organizaba, convencía, ponía el cuerpo cuando había que ponerlo.

Era generoso. Era valiente. Era, según todos los que lo rodeaban, un líder natural.

Pero había algo que Emilio no se preguntaba nunca: ¿por qué le seguía la gente?

La respuesta que él se daba era la que quería oír. Le seguían porque tenía razón. Porque la causa era justa. Porque había sabido despertar en ellos una conciencia que dormía.

La respuesta real era más prosaica y más cruel: le seguían porque les daba lo que necesitaban. Protección. Discurso. Identidad. Un lugar en el mundo. Y mientras eso llegara, seguirían.

El que no tiene nada que perder no puede permitirse el lujo de ser sincero. Eso Emilio nunca lo entendió.

— La soberbia que no se llama soberbia —

Hay un momento en que la generosidad sin límite deja de ser virtud y se convierte en otra cosa. En control, aunque sea inconsciente. En la necesidad de que los demás te necesiten para sentir que existes.

Emilio rodeaba de gente a la que él llamaba camaradas. Gente que venía a él con sus problemas, que dependía de su criterio, que repetía sus argumentos en las asambleas. Y él lo interpretaba como prueba de que tenía razón. Como confirmación de que el camino era ese.

No veía lo que había debajo: que se había construido una corte. Que nadie en esa corte iba a contradecirle, no porque no tuviera dudas, sino porque contradecir al que te da lo que necesitas es un lujo que la mayoría no se puede permitir.

La soberbia de Emilio no se parecía a la soberbia de los que mandan. No iba de uniforme ni levantaba la voz. Era más silenciosa y más peligrosa: la soberbia de creer que sabes lo que los demás necesitan mejor que ellos mismos.

— La hora de la verdad —

Todo esto podría haber seguido así indefinidamente. Muchos líderes lo consiguen: vivir toda una vida dentro de esa ficción, rodeados de gente que les dice lo que quieren oír, convencidos de su propia bondad.

A Emilio le tocó enfrentarse a la verdad.

No voy a contar cómo. Para eso está la novela.

Lo que sí diré es que el momento en que la ficción se rompe es el más duro que puede vivir un hombre así. Porque no es solo descubrir que los demás no eran lo que creías. Es descubrir que tú tampoco eras lo que creías.

Eso es la decepción del título. No la de los otros. La suya propia.

— Por qué esta historia importa hoy —

Miro a mi alrededor y reconozco a Emilio.

Lo veo en sindicatos que perdieron el norte. En líderes sociales que empezaron con fuego y terminaron creyéndose imprescindibles. En personas bienintencionadas que construyeron sin darse cuenta pequeños imperios de dependencia a su alrededor.

El problema no es la maldad. El problema es la ceguera. Y la ceguera más difícil de curar es la que te convences de que es lucidez.

Emilio no era malo. Era humano. Y eso, en determinadas circunstancias, es suficiente para hacer mucho daño.

— Una nota para quien ya ha leído «El Precio del Orden» —

Las dos novelas comparten universo. Son dos miradas al mismo Cádiz, a la misma época convulsa, a personas que se cruzan sin saber del todo el peso que cada una carga.

Quien haya leído una verá la otra de otra manera. No hace falta leerlas en ningún orden concreto. Pero quien las lea las dos tendrá una imagen más completa de algo que no termina de explicarse con una sola historia.

¿Te has reconocido alguna vez en Emilio? ¿O en alguno de los que le rodeaban?

Esas son las conversaciones que merece la pena tener. Deja tu comentario.

— Kady Tanus