Las cuatro de la tarde del 18 de julio
¿Qué significa que te declaren el Estado de Guerra? Para los libros de historia es una figura jurídica. Para los que vivían en Cádiz aquella tarde de julio de 1936, fue el momento exacto en que el mundo conocido dejó de existir.
A las cuatro de la tarde del sábado 18 de julio se leyó el bando en las calles de Cádiz. Entre silbidos y abucheos de muchos gaditanos, según recogen las crónicas. Nadie sabía todavía que esos silbidos serían de los últimos gestos libres que muchos de ellos harían en su vida.
Lo que decía el papel
El bando era un documento breve. Pocas líneas para liquidar tres siglos de derecho civil con una firma. Decía, entre otras cosas, esto:
Entregar las armas. Cualquier arma, aunque fuera un cuchillo de cocina. Registros domiciliarios inmediatos para comprobarlo.
Prohibido reunirse en grupos de más de dos personas. En Cádiz, donde la calle era la segunda sala de estar de cada casa, esto era ya una condena en sí misma.
Obligación de reabrir los comercios y reincorporarse al trabajo. Los huelguistas serían juzgados en Consejo de Guerra Sumarísimo. La pena: muerte. El plazo de ejecución: antes de dos horas.
Hermetismo de viviendas. Ventanas cerradas. Puertas abiertas para facilitar los registros. Luces encendidas para que nadie pudiera moverse en la oscuridad sin ser visto.
Aquella primera noche, sin embargo, toda la ciudad estaba a oscuras.
Los regulares en La Viña y Santa María
El general Varela, que llevaba días preso en el castillo de Santa Catalina por conspirar contra la República, fue liberado aquella misma mañana por el gobernador militar. Esas son las ironías de la historia: el hombre encargado de custodiarle fue quien le abrió la puerta.
Varela tomó el mando y envió a los Regulares directamente a los barrios. Los falangistas hacían de guías: conocían las calles, conocían las casas, conocían los nombres. El barrio de La Viña, conocido como el Barrio Rojo, fue barrido sin contemplaciones. Lo mismo Santa María. Vecinos que habían dormido en sus camas la noche anterior amanecieron con soldados de África registrando sus patios.
En septiembre, dos meses después, la prensa todavía publicaba advertencias contra los vecinos de ambos barrios. El miedo, una vez instalado, no necesita ejércitos para mantenerse.
Los nombres que no deben olvidarse
El primer muerto en Cádiz fue José Bonat Ortega, carpintero y líder anarcosindicalista. Lo asesinaron en la calle Libertad, de madrugada, cuando se dirigía a la sede de la CNT para organizar la resistencia. Su familia tuvo que fregar su sangre del pavimento.
Milagros Rendón Martell fue la única mujer que defendió el edificio del Gobierno Civil. La fusilaron el 29 de septiembre.
De los 40 concejales que componían el Ayuntamiento de Cádiz, 20 fueron ejecutados. De los otros 20, la mayoría pasó años en prisión. Diez desaparecieron sin que quedara acta de defunción ni rastro del cuerpo.
Las cifras totales hablan de cerca de un millar de ejecuciones solo en la capital, en lugares que hoy son parte del paisaje cotidiano de la ciudad: los fosos de las Puertas de Tierra, los alrededores de la Plaza de Toros, la Puerta de la Caleta, la playa de la Victoria, Puntales.
Lo que el bando no decía
El bando no decía que duraría 71 años. No fue derogado formalmente hasta el 27 de diciembre de 2007.
No decía que los vecinos de La Viña y Santa María aprenderían a bajar los ojos cuando pasaba un uniforme. Que los hijos de los fusilados crecerían sin poder pronunciar el nombre de su padre en voz alta. Que el silencio se convertiría en el idioma oficial de las familias durante décadas.
No decía nada de eso. Solo cuatro páginas de papel oficial y una firma.
Pero eso fue suficiente.
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