La trampa del destino: cuando la adversidad te convierte en alguien que no querías ser

20 de marzo de 2026 · La Trampa del Destino

¿Qué te convierte en quien eres: lo que decides o lo que te ocurre?

No lo pregunto en abstracto. Lo pregunto pensando en Carmen. En la niña que un día dejó de correr y en la mujer que llegó a ser después.

— La última vez que corrió —

Tenía siete años. Corría por las calles del Cádiz de posguerra como corren los niños de esa edad: sin destino, sin motivo, solo porque las piernas lo piden y el cuerpo todavía no sabe lo que es el límite.

Esa tarde de 1949 fue la última.

La polio no avisa. Llega y se instala, y cuando se va deja rastro. En Carmen dejó una pierna atrofiada, un pie equino, las muletas como compañeras permanentes. Y dejó algo más, que es lo que me interesaba contar: un mundo que no tenía ningún recurso para ayudarla.

La España de entonces no era la España de ahora. No había sanidad para los pobres. No había rehabilitación, ni ayudas, ni redes de apoyo. Había familias que apañaban como podían, vecindades que miraban con lástima o con incomodidad, y una niña que veía cómo sus amigas seguían corriendo mientras ella las miraba desde un portal con las muletas apoyadas en la pared.

Todavía hay gente viva que recuerda aquello. No exactamente lo mismo, pero sí la textura de esa España: la precariedad absoluta, la enfermedad como condena, la diferencia física como estigma en una sociedad que no sabía qué hacer con ella.

— Lo que la adversidad puede fabricar —

Me he preguntado muchas veces qué hace una persona con un dolor que nadie valida, con una injusticia que nadie nombra, con una rabia que no tiene dónde ir.

Algunas personas se rompen. Otras se endurece. Y algunas, las más complejas, aprenden a usar lo que tienen.

Carmen aprendió muy pronto que la lástima es una moneda. Que la fragilidad visible puede convertirse en palanca. Que quien parece débil puede, si sabe cómo, doblegar a quien parece fuerte.

No lo decidió de un día para otro. Nadie toma esa decisión conscientemente. Se fue construyendo sola, como se construyen todas las armaduras: un golpe detrás de otro, hasta que ya no sabes si llevas la armadura puesta o si eres tú la armadura.

Eso es lo que quería explorar en esta novela. No una víctima que inspira. No una superviviente heroica. Sino el proceso real, incómodo y sin redención fácil, por el que una persona a la que el mundo trató mal termina tratando mal al mundo.

— Una familia que hereda la herida —

Carmen no vivió sola su historia. Nadie lo hace.

A su alrededor fue construyendo un mundo a su medida: un matrimonio que nunca fue lo que aparentaba, unos hijos que crecieron dentro de unas reglas que solo ella entendía del todo, una red de afectos y dependencias tejida con una habilidad que habría sido admirable en otro contexto.

No voy a contar más. Para eso está la novela.

Lo que sí diré es que las historias de este tipo no terminan con la persona que las protagoniza. Se heredan. Se transmiten de formas que no siempre se reconocen como herencia. Y eso, en mi opinión, es lo más inquietante de todo.

— Por qué esta historia importa hoy —

Hay quien puede pensar que una historia ambientada en el Cádiz de posguerra es historia antigua. Algo que ya pasó y que no tiene que ver con nosotros.

No lo creo.

Las circunstancias han cambiado, claro. Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿hasta qué punto somos responsables de lo que nos hicieron? ¿Y hasta qué punto somos responsables de lo que hacemos con ello?

Carmen no eligió la polio. No eligió la España en la que nació ni la familia que tenía ni la ausencia de recursos que la rodeó. Todo eso le cayó encima.

Pero sí eligió, o fue eligiendo sin darse cuenta, lo que hizo con todo aquello.

Esa frontera borrosa entre víctima y verdugo es la que me parece más honesta de contar. Y la más difícil.

— Una nota sobre la novela —

«La trampa del destino» arranca en ese momento preciso: el último día que Carmen corrió. Antes de que nada de lo demás ocurriera. Cuando todavía era solo una niña de siete años a la que le gustaba que el aire le diera en la cara.

Quería que el lector la conociera entonces. Antes de todo. Para que cuando llegue lo que viene después, no pueda juzgarla sin más.

¿Conociste a alguien así? ¿O reconoces algo de esta historia en experiencias cercanas?

No hace falta que sea tan extremo. A veces basta con haber visto cómo una herida sin tratar se convierte, con los años, en algo que nadie esperaba.

Deja tu comentario. Me interesa saber qué te provoca esta historia.

— Kady Tanus